El hallazgo entre la harina, el azúcar y los recuerdosEn el obrador de Confitería Sanz el tiempo discurre a un ritmo propio. Entre el aroma a azúcar tostada, el horno y el almíbar a punto de hebra, custodiamos objetos que han sido testigos de varias generaciones de artesanos. Uno de nuestos más preciados recuerdos es esa foto que representa una pieza extraordinaria: una fotografía original montada sobre cartón rígido, gastada en sus bordes pero con un contraste impecable. En el retrato aparecen dos hombres jóvenes vestidos con una elegancia notable. El de la derecha, posando con serenidad y apoyando la mejilla sobre su mano en actitud reflexiva, es nuestro bisabuelo: Indalecio Sanz Martínez. La nitidez de la imagen nos permite apreciar los detalles de su traje de tres piezas, su corbata perfectamente ajustada y unos zapatos claros de lona y cuero que marcaban la pauta de la moda masculina de la época. El contexto de la partida (c. 1918–1920)A finales de la década de 1910, la vida en las tierras fronterizas entre Murcia y Almería presentaba serios desafíos económicos. La agricultura local y los comercios tradicionales se veían limitados por las circunstancias de la época. Sin embargo, en el horizonte de miles de jóvenes españoles brillaba una palabra que era sinónimo de prosperidad: Argentina. Indalecio, que guardaba un profundo amor por el trabajo artesanal y el arte de la confitería, tomó una decisión audaz. Junto a sus hermanos, decidió hacer las maletas, conseguir los pasajes de tercera clase en un vapor de ultramar y emprender la travesía del Océano Atlántico. No era un viaje menor; cruzar el océano significaba cerca de tres semanas de navegación, incertidumbre y aislamiento, dejando atrás a sus seres queridos con la única promesa de salir adelante. La llegada a la "París de Sudamérica"El puerto de Buenos Aires al que desembarcó Indalecio en torno a 1920 no era una ciudad en desarrollo, sino una de las metrópolis más opulentas y cosmopolitas del planeta. Conocida internacionalmente como la "París de Sudamérica", la capital argentina deslumbraba con sus avenidas anchas, sus líneas de tranvías eléctricos, sus palacios de arquitectura francesa e italiana y una vida cultural frenética.
En ese escenario vibrante, la gastronomía y, muy especialmente, la pastelería fina ocupaban un lugar de honor. Los argentinos de la época acudían masivamente a los salones de té a disfrutar de especialidades europeas elaboradas con los mejores ingredientes del mercado mundial. Indalecio comprendió de inmediato que había llegado al lugar perfecto para convertir su vocación en maestría.
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